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Discurso del Ministro Federal de Relaciones Exteriores Gabriel en el foro de política exterior de la Fundación Körber: "Europa en un mundo más incómodo"

Comunicado de prensa

en Berlín el 5 de diciembre de 2017

Außenminister Sigmar Gabriel
Außenminister Sigmar Gabriel© Auswärtiges Amt

Europa se desarrolla en un mundo cada vez más incómodo. El intelectual liberal Ralf Dahrendorf pronunció una vez una frase casi aniquiladora sobre Europa al afirmar que Europa no tiene poder de configuración y que en todo caso no existe un interés europeo en que pudiera basarse este poder de configuración.

Fue en el año 2000 cuando Dahrendorf pronunció estas palabras en una entrevista. Hoy en día la frase requiere algo de explicación. Resumiendo yo diría que Dahrendorf quiso lanzar una advertencia para que en política exterior no se esperara demasiado de Europa.

Su diagnóstico en el fondo no era sorprendente puesto que Europa se fundó hacia el interior y no como actor de la política mundial. Después de dos devastadoras guerras mundiales se trataba de afianzar la paz en el interior y de crear bienestar.

La actuación de cara al exterior quedó reservada a los miembros europeos del Consejo de Seguridad, a saber, Gran Bretaña y Francia.

La política exterior alemana formaba parte de la Alianza transatlántica con los EE.UU. y sus aliados occidentales y durante mucho tiempo se limitó a la cuestión alemana y la Ostpolitik.

También nuestra participación en la superación o contención del conflicto en la antigua Yugoslavia y en Afganistán en el fondo era parte de una política exterior transatlántica y solo la negativa del Canciller Federal socialdemócrata de entonces Gerhard Schröder de participar en la guerra de Irak en 2003 constituyó una espectacular excepción.

Tras la caída del “telón de acero” esta concepción europea hacia el interior continuó y Europa siguió adelante: Se había acordado la introducción del euro, se preparaba la ampliación masiva hacia el Este y ya empezaba a entablarse un debate de alto nivel sobre la finalidad de Europa.

Y también en los demás ámbitos entonces el mundo parecía estar en orden. Avanzaba la globalización, los EE.UU. tomaban rumbo hacia su momento unipolar como vencedores de la guerra fría, todavía desconocíamos a Osama Bin Laden.

Sin embargo, desde entonces el mundo se ha vuelto bastante más incómodo de lo que pensábamos a finales del siglo pasado y a principios del siglo XXI. Y ahora nos percatamos de que a pesar de la enorme prosperidad económica de nuestro país para nosotros ya no existe un lugar cómodo al margen de la política internacional.

Ni para nosotros los alemanes ni para nosotros los europeos.

Tenemos que reconocer que o bien intentamos ser nosotros mismos los que asumen la labor de configuración en este mundo o el resto del mundo nos configurará a nosotros.

Una orientación en valores, como la que a nosotros los alemanes queremos que nos sirva de guía para nuestra política exterior, no bastará para afirmarse en este mundo caracterizado por los egoísmos económicos, políticos y militares.

En su forma implacable Dahrendorf apuntó pues a un problema cuya envergadura estamos empezando a ver clara ahora: La UE no constituye un factor real en el mundo.

No puede asumir la labor de configuración mientras no haya definido claramente sus propios “intereses europeos” – y sin esta definición de lo que son sus propios intereses también se queda corta a la hora de desarrollar su poder.

Hoy en día, tras la crisis constitucional, tras la crisis del euro y tras la crisis migratoria hemos acumulado muchas más experiencias que Dahrendorf en su momento, no solo en cuanto a la UE: El terrorismo internacional ha marcado la política mundial, la globalización ha entrado en crisis y también el predominio global de los EE.UU. poco a poco está pasando a la historia.

No obstante, la constatación de Dahrendorf no ha perdido relevancia, al contrario. En este orden mundial tan cambiante es tanto más urgente que Europa vuelva a tomar conciencia de sus intereses y trabaje por obtener la capacidad de configuración.

Es algo que a la UE no le resulta fácil sino que supone un arduo trabajo. Hoy quisiera hablarles de por qué es necesario y cómo puede funcionar.

Empecemos por el análisis de los principales cambios que ha sufrido nuestro mundo occidental pero también el mundo en general. La retirada de los EE.UU. bajo Trump del papel de garante leal del multilateralismo de signo occidental acelera el cambio del orden global y tiene un impacto directo sobre la defensa de los intereses alemanes y europeos.

Si bien desde el famoso discurso de 12 minutos de George Marshall hace unos 70 años Europa era un proyecto americano según el bien entendido interés propio de los Estados Unidos de América, ahora en el entorno de la actual Administración norteamericana reina una percepción extraordinariamente distante de Europa: los que hasta ahora eran socios ahora se ven como competidores y a veces incluso como adversarios por lo menos en el ámbito económico.

Por lo tanto, Europa es una región entre muchas en esta nueva visión del gobierno estadounidense que tiene su reflejo en la sociedad. Además, la sociedad de los EE.UU. se está transformando con rapidez. En un futuro no muy lejano la mayoría de los estadounidenses ya no tendrá raíces europeas sino latinoamericanas, asiáticas y africanas. Por esta razón la relación de los EE.UU. con Europa ya no será igual a la de antes, tampoco después de que Donald Trump abandone la Casa Blanca.

Durante mucho tiempo el ritmo creciente de las crisis del planeta ha despertado ante todo asombro y temor. Entretanto se vislumbran modelos preocupantes para una Europa comprometida a escala mundial. A grandes rasgos estos modelos se pueden dividir en dos categorías:

El desmoronamiento de Estados en nuestra vecindad da lugar a un drástico aumento de los conflictos. Son transfronterizos y desestabilizan a regiones enteras.

Al mismo tiempo la actuación ofensiva de Estados emergentes como China, Rusia, Turquía e Irán conduce a que no solo se tambalee el orden global sino también el entramado de poder regional.

Este proceso se agrava con los movimientos contrarios a las tendencias de globalización y democratización dominantes durante mucho tiempo. Principios afianzados y las bases de las relaciones internacionales tales como el multilateralismo, el derecho internacional y la vigencia universal de los derechos humanos se ponen en tela de juicio – de forma despreocupada por parte de algunos, más bien descaradamente por otros. De este modo se cuestionan los fundamentos de la seguridad y el bienestar, aumenta el riesgo de guerras comerciales, carreras armamentistas y conflictos armados. La discrepancia demográfica entre el Norte decreciente y el Sur creciente así como las consecuencias del cambio climático acaparan cada vez más espacio y atención. Los movimientos de migración y huida de los últimos años ocupan un lugar cada vez mayor en la estrategia de los Estados occidentales, en cierto modo acaban de llegar a su conciencia.

Todo ello no queda sin consecuencias sobre los métodos y las estructuras de la política internacional: El derecho internacional codificado en la Carta de las Naciones Unidas y en numerosos tratados se encuentra en crisis. Con la anexión de Crimea Rusia ha violado la soberanía territorial de Ucrania y la prohibición de recurrir al uso de la fuerza consignada en la Carta de las Naciones Unidas. El Acuerdo de París sobre el cambio climático se ve perjudicada por la retirada de los EE.UU. y el orden multilateral del comercio internacional también está sometido a críticas.

Y más peligroso aún: las antiguas potencias nucleares no han podido evitar que cada vez haya más Estados con armas nucleares o que aspiren a tenerlas.

Todo esto no ocurre en la lejanía sino muy cerca de nosotros. La decisión de los británicos a favor de la salida de la UE y la elección de Donald Trump como Presidente de los EE.UU. nos han puesto de manifiesto que no solo cambia el mundo malo y lejano sino que también nosotros nos encontramos en medio de transformaciones cuyas consecuencias nos mantendrán ocupados durante décadas.

“Los desafíos globales requieren soluciones globales” éste era el mantra de la primera década del nuevo milenio cuando el transnacionalismo se encontraba en auge. ¿Y hoy en día?

“Take back control” y “make America great again” son los gritos de guerra de nuestro tiempo.

“Back” y “again”, estas palabras lo dicen: Se trata de la restauración de una era anterior supuestamente mejor. Vemos una vuelta a las fronteras y la supuesta fortaleza del Estado nacional.

Este anhelo a escala internacional también se refleja en nuestras sociedades. Se culpa, con frecuencia sin distinción, a la globalización de la brecha creciente entre ricos y pobres y se preconiza el Estado nacional “acogedor” como panacea.

Tras décadas del “anything goes” si se me permite calificarlo como lema del postmodernismo, el anhelo de orden, claridad, jerarquía y control cada vez gana más terreno.

Diversidad e individualismo, equidad e inclusión, conceptos que los partidos populistas difaman cuestionándolos como expresiones de una exagerada “corrección política” – el efecto de esta amenaza penetra profundamente en el espectro de las clases medias, también en Europa y en Alemania.

Las élites liberales de las democracias occidentales corren peligro de subestimar en sus discursos a menudo autocentristas este anhelo social de claridad y orden.

En vista de este anti-postmodernismo uno tiende a recomendar más materialismo y menos idealismo postmoderno y no solo a los movimientos socialdemócratas en las sociedades democráticas desarrolladas.

Pero ante todo los debates en el seno de nuestras sociedades tanto en América como en Europa dan lugar a que veamos el mundo de otro modo – y a que el mundo también nos mire de otro modo.

Podemos estar seguros de que en todo el planeta, no solo en Pekín, Moscú y Teherán se analiza con sumo cuidado lo fuerte y decidido que es Occidente a la hora de defender sus valores e intereses.

Todavía no se vislumbra qué orden encontrará este mundo. Mucho está en movimiento y la mayoría de los actores se tantean avanzando por el río de piedra en piedra según el dicho chino.

Yo considero posibles tres opciones para un nuevo sistema global:

En primer lugar el mundo G-cero: Sería un mundo en el que el poder se redistribuye tan ampliamente que ya no hay liderazgo claro. El experto norteamericano en ciencias políticas Ian Bremmer lo describe como sigue: “Ningún Estado o ningún grupo de Estados tiene instrumento o voluntad política y económica suficiente como para definir una auténtica agenda global”. Esto podría denominarse también orden de Westfalia 2.0, una nueva edición de la disputa entre Estados soberanos por “la hegemonía y el equilibrio” como la que caracterizó la era entre el final de la Guerra de los Treinta Años y el final de la Segunda Guerra Mundial. Para una potencia comercial e intermedia como Alemania este juego libre de las fuerzas comporta un peligro incendiario. El paso hacia la ausencia de reglas a alguno le parecerá en cierto modo la prolongación de la individualización de las relaciones internacionales. Sin embargo, de hecho pondría en peligro los fundamentos de nuestra seguridad y nuestro bienestar.

La segunda alternativa sería el G-dos: Esto sería una especie de nuevo orden bipolar marcado por la competición entre dos superpotencias. El lugar de la Unión Soviética de la guerra fría lo ocuparía en este caso la China emergente. País que se basa para ello en su propia concepción histórica como Imperio del Medio. Al hilo de las turbulencias en los EE.UU. y Europa ve confirmada la superioridad de su propio modelo. En vista de las grandes promesas de bienestar del modelo chino no me sorprende que muchos Estados se orienten hacia el modelo chino.

La tercera alternativa es el mundo G-X: Este mundo también tendría muchos polos, serían menos que el G-20 que conocemos y sin duda otros diferentes del G-7. La diferencia decisiva con respecto al “mundo G-cero” sería la existencia de normas y estructuras vinculantes que precisamente harían que la interacción de los polos no se debería al respectivo equilibrio de poder y la habilidad de los Metternichs y Palmerstons del siglo XXI. “Multipolaridad” con un orden vinculante como seña de identidad de este sistema.

No les sorprenderá que mi opción preferida sería la tercera. Si tiene alguna posibilidad o no depende también de la concepción propia y la aportación de la UE.

Con independencia de hacia adónde se desarrolle el mundo: La UE solo podrá sobrevivir si define sus propios intereses y proyecta su poder.

La proyección de poder hoy en día todavía inexistente de la Unión Europea en todo caso ha resultado en que en todos los puntos en los que los EE.UU. se han retirado real o aparentemente no se ha producido un acercamiento a Europa sino a otros Estados de los que se espera más poder operativo: en Oriente Próximo por ejemplo a Rusia y en África a China.

Vemos pues claramente que la competencia no duerme. Hace dos semanas el Presidente ruso trasladó su Corte a Sochi. Acudió el Presidente de Siria, después el turco y el iraní. Se celebró la victoria en Siria que los presentes creían asegurada. Un periódico alemán escribió: “Almas negras en el Mar Negro”.

Las grandes potencias reunidas en Sochi no son amigos pero tienen algo en común. Tanto hacia el interior como hacia el exterior se remiten a su grandeza histórica. Y eso es lo decisivo que nos distingue de ellos: Invierten bastante capital para darle una lección a Occidente de vez en cuando.

Podría afirmarse que están dispuestos a abonar una especie de “impuesto de gran potencia” por su condición. Aceptan mucho, pérdidas económicas, condenas internacionales, sanciones financieras para documentar su liderazgo regional y la soberanía nacional.

Algo que vemos en la actuación de Rusia frente a Ucrania. Irán destina considerables recursos al apoyo de las milicias parcialmente terroristas en toda la región para controlar los Estados vecinos o dificultar el control por parte de otros. Y Turquía no teme la intervención militar ni el enfrentamiento con los EE.UU. para defender sus intereses frente a las aspiraciones nacionales kurdas.

En este sentido Siria constituye el punto culminante del avance de los tres antiguos imperios. Y eso es algo que por cierto deberíamos observar con autocrítica. En los últimos siete años Occidente en ningún momento ha sabido entablar una relación prudente entre sus reivindicaciones sumamente ambiciosas y los recursos utilizados para ello.

Theodore Roosevelt dijo una vez: “Speak softly and carry a big stick.” Nuestra política frente a Siria se planteaba más bien según el lema contrario: “Habla fuerte pero lleva un palo pequeño”.

El ejemplo de Oriente Medio resulta apropiado para ilustrar mi concepción de la definición y ejecución de los intereses europeos. Desde la Segunda Guerra Mundial el marco del orden regional reinante lo definían básicamente los EE.UU. En el año 2017 vemos que la proyección de orden y la fuerza de configuración de los EE.UU. están debilitadas que en Oriente Próximo y Oriente Medio ya solo pueden y quieren influir de forma muy limitada en contra de las tendencias de desmoronamiento estatal. En el fondo es poco relevante si ello se debe a una retirada consciente o a una falta de fuerza. Lo decisivo es que los EE.UU. no dejan ningún vacío ni siquiera cuando abandonan el campo. Pues todos los vacíos se rellenan rápidamente en política. Cada vez que alguien abandona una sala llega otro actor.

En este caso es Rusia. La intervención militar rusa en el año 2015 paso por paso ha dado un giro a la dinámica de la guerra civil siria. Ha estabilizado militarmente el régimen de Assad.

Estamos viendo una Rusia que va a determinar de forma decisiva el futuro político de Siria porque otros no lo han hecho. Pero para ello Rusia ha modificado también el equilibrio regional. Casi todos los actores regionales están recalibrando su política.

Esta nueva supremacía regional de Rusia promueve al mismo tiempo desarrollos a un segundo nivel. Crea espacio para actores que aspiran a la hegemonía regional o la realizan parcialmente.

¿Qué respondemos al hecho de que los EE.UU. cedan espacio en la vecindad inmediata de Europa a actores con sistemas de valores y ordenamientos distintos de los que hemos desarrollado nosotros? ¿Y cómo podemos hacer valer los intereses alemanes y europeos?

Se trata de cuestiones que van mucho más allá del mero contexto regional de Oriente Próximo y Oriente Medio.

Hemos podido observar los mismos comportamientos de retirada y desplazamientos como en Oriente Próximo en otras partes del mundo. Basta con dirigir la mirada a Asia donde China invade espacios que antes venían definidos con la misma exclusividad por la presencia y la política de los EE.UU.

La iniciativa One-Belt-One-Road, la nueva “ruta de la seda” resulta que no es una reminiscencia comercial histórica de Marco Polo sino a fin de cuentas una idea geoestratégica en la que China impone el orden según su concepción. En política comercial, geografía, geopolítica y quién sabe al final incluso en el ámbito militar.

Se puede decir que China es el único país del mundo que tiene una clara concepción geoestratégica a largo plazo.

No es algo que se le deba reprochar a China, al contrario. En mí en todo caso infunde respeto y admiración por la rapidez y la eficacia operativa con la que se ha desarrollado este país en los últimos 30 a 40 años.

A quien sí se le puede hacer un reproche es al “viejo Occidente” por no tener una estrategia comparable.

Puesto que hasta que no se den ambas cosas, la definición de los intereses chinos y europeos y mejor aún, los intereses americano-europeos, no podrá surgir un equilibrio viable entre ambas partes.

Éste es el principal argumento frente a los EE.UU.: En política no existen los vacíos, sino que siempre se llenan rápidamente.

Por esta razón y en defensa del propio interés de los EE.UU. bien entendido no deberían iniciar una guerra comercial con Europa, sino desarrollar estrategias comunes para mantener el “liberal order” y un sistema de comercio mundial basado en la libertad, la justicia, los derechos humanos y el Estado de derecho.

¿Por qué cito estos ejemplos con tanta exhaustividad? Porque demuestran lo difícil que será para nosotros los alemanes encontrar una relación estratégica con respecto a la política exterior.

Herfried Münkler ha presentado estos días un libro muy interesante sobre la Guerra de los Treinta Años en el cual juzga duramente a los actores en el ámbito de la política exterior en Alemania. Lamenta que Alemania “se obstine en el Derecho como forma de acometer los desafíos políticos” lo que, según él, casi supone una negación de la realidad.

Münkler afirma que Alemania no se atreve a analizar sin tapujos lo que realmente está ocurriendo. En lugar de ello, dice, la mirada deriva siempre hacia el “horizonte de normas e imperativos morales”. Lo que falta es un “pensamiento político-estratégico”.

Yo creo que Münkler pone el dedo en la llaga. Sin embargo, cabe recordar asimismo que los tiempos en los que Alemania tuvo creatividad a la hora de desarrollar ideas estratégicas fueron muy incómodos para los demás.

No me mal entiendan: Siguiendo con el ejemplo de Siria – es bueno y acertado que reclamemos con insistencia un proceso político que desemboque en una pacificación realmente sostenible, que defendamos la ayuda humanitaria fundamental y los principios del derecho internacional con ayuda de los instrumentos del sistema internacional. Esto es y debe seguir siendo incuestionable.

No obstante: Tras casi siete años en guerra no podemos cerrar los ojos ante la evidencia de que mientras tanto otros actores han consumado hechos sobre el terreno – a menudo más allá de todas las normas establecidas, en contra de nuestros principios morales pero lamentablemente de forma sumamente eficaz.

¿Qué debemos hacer pues?

En primer lugar debemos analizar con frialdad la situación. Necesitamos una visión clara y realista del mundo – tal y como es. Y no una visión de cómo debería de ser.

Sobre esta base y con un compás claro de valores deberíamos entonces luchar con valentía por lo que queremos preservar y lo que queremos conseguir. Y hacerlo sin anteojeras morales o normativas y con la disposición a encontrar lo que Münkler llama “compromisos estratégicos”.

Para ello habrá que encontrar por un lado una relación estratégica de Europa con los EE.UU. Porque desde la Segunda Guerra Mundial los EE.UU. para Alemania se encontraban en cierto modo por encima de las cosas.

Por lo menos desde la publicación del artículo de los dos asesores principales del Presidente americano MacMaster y Cohn en el “Wall Street Journal” ha quedado de manifiesto que para los EE.UU. el mundo ya no es una “comunidad global sino una arena, un campo de batalla en el que luchan las naciones, los actores no gubernamentales y las empresas por conseguir beneficios”. En la que por lo tanto se tienen a veces unos socios y otras veces otros distintos en función del beneficio que le reporte a cada uno.

Y a mi entender según esta interpretación los EE.UU. ya no son los encargados de la estática y la estructura de dicha arena sino más bien combatientes en la plaza.

La naturalidad con la que hemos entendido el papel de los EE.UU. como protector – a pesar de ciertas diferencias ocasionales – ya ha empezado a deshacerse.

Los EE.UU. seguirán siendo nuestro principal socio global. No cabe duda: Seguiremos necesitando y cuidando esta asociación en el futuro. Pero esta asociación sola no será suficiente para defender nuestros intereses estratégicos.

La retirada de los EE.UU. no se debe a un solo Presidente. No cambiará sustancialmente tras las próximas elecciones.

Por lo tanto tampoco puede caber ninguna duda de que en vista de esta situación Alemania y Europa van a tener que hacer y osar bastante más que hasta ahora.

Dicho abiertamente: Se trata de un riesgo que nos obliga a actuar. No podemos quedarnos mirando cómo van surgiendo nuevos espacios sobre los que no tenemos ningún tipo de influencia.

Tenemos que actuar, aunque todo planteamiento activo suponga un riesgo – el riesgo del fracaso. Este riesgo es ineludible. En el pasado lo hemos dejado en manos de los EE.UU. y si fracasaban teníamos a quién señalar con el dedo.

Alemania debe invertir más en la fortaleza propia y en la unidad y fuerza de la UE. Por cierto que resulta casi insoportable de qué manera se ha afianzado en Alemania la famosa discusión sobre el papel de contribuyente neto. Cuando en realidad somos ganadores netos. Sí, es cierto que son más los impuestos destinados a Europa y enviados a Bruselas en comparación con los programas de fomento que obtenemos, pero en realidad nuestra economía sólo gana con el espacio europeo.

También vamos a tener que invertir más en la asociación con los Estados Unidos de América. Se trata asimismo de una inversión política que aporta un ancla estratégica a la gestión de la nueva situación.

Ante este telón de fondo tenemos que analizar también con más frialdad en qué tenemos de pronto o quizás de forma permanente diferencias con los EE.UU.

Quisiera darles tres ejemplos: Las sanciones a Rusia aprobadas por el Congreso en verano cubren hechos que afectan incluso a los actuales gaseoductos alemanes desde Rusia. Estas sanciones ponen en peligro existencial nuestros propios intereses económicos.

Segundo ejemplo: Una ruptura del Acuerdo nuclear con Irán incrementaría el peligro de guerra en nuestra vecindad más inmediata y por lo tanto afectaría y pondría en peligro nuestra seguridad nacional.

Y el tercer ejemplo: Existen indicaciones de que los EE.UU. reconocerán en los próximos días a Jerusalén como capital de Israel, por cierto sin que para ello se concierten con Europa. Todos somos conscientes de las graves consecuencias que tendría un paso de esta índole. En todo caso la postura alemana al respecto permanece inalterada: Una solución de la problemática de Jerusalén sólo puede encontrarse por medio de negociaciones directas entre las dos partes. Todo lo que agrave la crisis es contraproducente.

En todo caso Alemania no puede permitirse esperar a que se tomen decisiones en Washington o limitarse a reaccionar ante ellas. Tenemos que describir nuestras propias posturas y aclarar, en caso de necesidad, por cierto también ante nuestros aliados, dónde se llega al límite de nuestra solidaridad.

Es algo que a ninguno de nosotros nos resulta fácil, es nuevo. Precisamente por ello como requisito previo debemos invertir de forma masiva en nuestra capacidad de análisis y defensa de nuestros intereses en la formación de la opinión pública americana sobre Alemania y Europa.

Deberíamos concentrar pues todos nuestros esfuerzos en dirigirnos a socios constructivos en el Gobierno, el Congreso, los Estados de la Unión y sobre todo la sociedad civil y hacerlo de forma mucho más enfocada que hasta ahora. Sobre esta base debemos estar dispuestos a llegar a un equilibrio de intereses estratégicos entre socios y no subordinarnos a la política norteamericana tan diferente a lo que hemos vivido en el pasado.

Por otra parte tenemos que definir también por supuesto con más claridad y coherencia nuestros intereses frente a Rusia. Moscú ha cuestionado el orden internacional con la anexión de Crimea y la injerencia en Ucrania oriental.

No obstante, sigue siendo un país vecino de Europa y uno muy influyente como acabo de ilustrar con el ejemplo de Siria. A largo plazo solo habrá seguridad y estabilidad con y no en contra de Rusia.

Es más: Si vemos ante nosotros el peligro de una proliferación de arsenales nucleares en el mundo, solo se logrará ponerle coto con la cooperación entre los EE.UU., Rusia y entretanto también China.

Sin embargo, en estos momentos la confianza especialmente entre Rusia y los EE.UU. o la OTAN está tan profundamente socavada que ambas partes incluso están poniendo en entredicho los logros de la política de desarme nuclear de los años 80 del siglo pasado.

De momento sigue en vigor la prohibición del despliegue de misiles nucleares de medio alcance en territorio europeo. Cabe preguntarse ¿hasta cuándo?

Mi impresión: Podríamos encontrarnos ante el peligro inminente de una nueva carrera armamentista incluso nuclear en plena Europa.

Nadie tiene más motivo para hacer valer sus intereses con claridad y con todo el poder a su alcance que Alemania. Porque en el peor de los casos seríamos las víctimas de una “guerra fría 2.0”.

Ahora más que nunca nuestro país tiene que alzar de nuevo su voz a favor del control de armas y el desarme.

La cuestión vital para ello es la de saber si podemos conseguir que Rusia vuelva al orden basado en normas que durante tanto tiempo ha asegurado la paz en Europa. Para ello necesitamos por una parte principios claros y una postura firme cuando se violan principios internacionales. Lo cual implica también la disposición a tomar medidas concretas como sanciones.

Por otra parte es precisamente nuestro papel alemán el de mantener los canales de diálogo y la comunicación incluso en tiempos difíciles.

Sería por ejemplo un gran avance si pudiéramos entendernos con Rusia sobre una misión de cascos azules de las Naciones Unidas viable para implantar por fin un alto el fuego permanente y la retirada de armas pesadas en Ucrania oriental. Todas las partes lo prometen desde hace años – y rompen esta promesa a diario.

Las ideas sobre la naturaleza de una tal misión todavía divergen en gran medida entre nosotros y nuestros aliados por una parte y Rusia por la otra. Pero el que Rusia esté dispuesta a ello ya supone un gran avance puesto que hasta ahora rechazaba siempre la internacionalización del conflicto y de la pacificación.

La oferta presentada a Rusia también es muy clara: Una vez implantado el alto el fuego definitivo los europeos podemos ayudar a reconstruir el Donbass y preparar los primeros pasos hacia un levantamiento de las sanciones.

Esto no sería todavía una solución definitiva del conflicto en Ucrania y desde luego no sería el cumplimiento del Acuerdo de Minsk pero en todo caso sí sería el punto de inflexión. Un gran paso hacia una nueva política de distensión con Rusia.

No hay duda: Hoy en día ya no puede haber una Ostpolitik alemana, tiene que ser una Ostpolitik europea. Sólo podemos definir una Ostpolitik con éxito si nuestros nuevos socios de la OTAN y la UE en el centro y el este de Europa se embarcan con nosotros.

Con su experiencia histórica específica, que es distinta de la nuestra. Pero precisamente nosotros los alemanes tenemos un interés existencial por esta distensión.

En vista de estos cometidos nuestro entendimiento de lo que son las tareas necesarias de la UE se pueden calificar casi de aterradoras. Tratamos a la UE como si tuviéramos otra en el banquillo.

Se señala con el dedo a otros, se amenaza abiertamente, se bloquea, hay votaciones apretadas y no olvidemos los clichés tan venenosos.

Eugen Roth dijo que para talar un árbol basta media hora. Para que crezca hasta que se le pueda admirar, no te olvides, tarda un siglo.

Las tensiones entre los gobiernos en la UE han aumentado. Y viendo en las negociaciones de Bruselas la causa de todos los males se lo ponen muy fácil a algunos medios para descubrir cada vez más frentes nuevos: el Sur contra el Norte, Occidente contra Oriente.

Quizás se deba a que en el sentido de Dahrendorf todavía no hayamos entendido nuestros intereses comunes.

La UE no se fundó para descubrir como algo que nos une estos intereses de cara al exterior. Trágicamente justo en esta fase en la que la situación del mundo la exhorta a una mayor actuación exterior parece dejar que el proyecto de reconciliación interior se desgaste.

Por lo tanto afirmo que necesitamos sobre todo una inversión del impulso si no queremos encontrarnos ante los escombros de la UE – y por lo tanto indefensos en el mundo dentro de unos años. Es que es un error pensar que la UE supone una pérdida de soberanía nacional. Esta forma de soberanía nacional en el mundo de hoy y en el de mañana no existe – la podemos reconquistar por el desvío de la UE. La Unión Europea constituye un incremento de soberanía para los Estados miembros y no una pérdida de soberanía.

Precisamente en la política exterior la Unión Europea tiene que superarse a sí misma. En los tiempos agitados que corren los europeos sólo podremos salir airosos en la unidad.

No nos engañemos: El mundo ve a Europa como rica pero débil, lo que seduce a intervenir y manipular.

Por ello la UE debe asumir conjuntamente la defensa de nuestras sociedades abiertas y la integración de nuestros pueblos y economías.

Ya hemos dado los primeros pasos: la cooperación en el ámbito de la defensa, la protección común de las fronteras europeas.

Hay que dar más pasos. Pienso en la corrección del defecto congénito tantas veces evocado de la Unión Económica y Monetaria: una moneda, 19 políticas económicas y financieras.

Las propuestas de mayor calado provienen actualmente de Francia. Pero también Italia seguirá pidiendo la palabra. La postura alemana sobre estas iniciativas tendrá que fijarla el próximo Gobierno Federal, sea cual sea. Deberá ocupar el centro de la política de gobierno. Pero yo estoy convencido de una cosa: No deberíamos desaprovechar una oportunidad como la que se no brinda ahora.

No basta con preservar y alabar el acervo. Si lo conseguido hasta ahora resulta no tener la resistencia suficiente a las crisis habrá que aprovechar los buenos tiempos para prevenir la próxima crisis. Ni más ni menos es lo que pretende el Presidente francés.

Macron ha visto la espiral descendente en la que se encuentra la UE. Lo ha comparado con una guerra civil.

La elección de un Presidente europeísta declarado en Francia definitivamente es un golpe de suerte de dimensión histórica.

Los resultados de la encuesta “Berlin Pulse” que publica hoy la Fundación Körber lo confirman: El 90 por ciento de los alemanes desean una cooperación todavía más estrecha con Francia. Y, por cierto, si casi el 50% desean una política exterior más activa este dato es muy positivo para Alemania.

Pero Alemania y Francia no se ponen de acuerdo porque sí, porque nos queremos mucho.

Alemania y Francia sólo coinciden cuando podemos ponernos de acuerdo en puntos de orientación comunes sobre cómo debe ser el futuro de Europa.

El rumbo debe ser el correcto. Sobre la ruta y también sobre los contenidos queda mucho por hablar.

Lo que ahora nos hace falta es dinamizar la integración europea, no una integración ciega sin rumbo sino una integración que parta de lo que son los puntos neurálgicos y se refiera a las cuestiones centrales de poder y de futuro.

Para esta dinamización Alemania tiene que dar impulsos. Ya son demasiadas las veces en las que nuestro país se ha permitido adoptar una posición dilatoria, de bloqueo o incluso excéntrica.

En cuanto a las iniciativas de política europea el marcador actual arroja un 10 a 0 a favor de Francia. Este no debe ser el resultado final.

Ello nos traerá muchos debates serios sobre cuestiones económicas y financieras. Y también en la política de seguridad estamos llamados a encontrar líneas comunes con vistas a Europa entre Alemania y Francia.

Todo esto no será fácil. Para ello quizás Francia tenga que ser más alemana en cuestiones financieras y Alemania más francesa en la política de seguridad.

La historia de las relaciones franco-alemanas ha constituido hasta ahora un notable testimonio de que el consenso se puede ir alcanzando por medio del intercambio continuado a pesar de que los puntos de partida sean muy distintos.

Este es el aspecto que se puede retomar y no se debe abandonar nunca. Porque los alemanes deberíamos tener muy claro a qué se debe nuestra fuerza actual. Ciertamente y en primer lugar a que Alemania ha podido desarrollarse pacíficamente entre sus amigos europeos.

La potencia económica relativamente elevada de Alemania en la actualidad se la debemos de forma muy significativa a Europa. Y a la confianza de nuestros vecinos europeos y especialmente de Francia en una Alemania pacífica. Sin la integración europea, con la reconciliación franco-alemana y la cooperación como base jamás habría sido posible lo que hemos podido alcanzar.

Emmanuel Macron ha puntualizado con mucha pasión lo que nos une en su discurso de inauguración de la Feria del Libro de Fráncfort en este año.

Macron, que es un político al que le gusta mucho la lectura ha descrito cómo fueron muchas veces autores alemanes y franceses los que supieron entender especialmente bien las obras de la otra cultura y los que las hicieron accesibles para un público más amplio.

A él personalmente, dijo Macron, fue el filósofo judío-alemán Walter Benjamin el que le facilitó la comprensión del poeta francés Baudelaire.

Seguramente la distancia centra la mirada en lo especial. Es decir que los europeos, y en particular los alemanes y franceses hemos aprendido la lección de que lo diferente de nosotros no tiene por qué ser lo que amenace o ponga en tela de juicio la propia identidad. Al contrario, como también expone Macron: La naturaleza distinta de nuestros vecinos inmediatos enriquece nuestra identidad – tanto la francesa como la alemana pero también la europea. Es precisamente esta diversidad lo que conforma la fuerza de Europa.

A fin de cuentas Europa también es un proyecto que tiene algo que ofrecer en nuestro mundo actualmente tan rico en guerras y conflictos: Que los enemigos pueden convertirse en socios primero e incluso en amigos después. Hasta hoy sigue pareciendo un milagro que precisamente los que más han sufrido bajo el terror de Alemania al final nos hayan invitado a volver a la mesa de los pueblos civilizados y a construir una Europa común y pacífica. Precisamente por este precedente tan único y maravilloso recae sobre nosotros los alemanes la responsabilidad por el futuro de esta Europa común.

Pero como ya decía Dahrendorf nos queda mucho trabajo por delante, como alemanes y como europeos.

¿Tendremos la fuerza necesaria para ello? No lo sé. Pero tenemos que intentarlo y empezar por la definición de nuestros propios intereses.

Luego se plantearán cuestiones de poder, lo que no será agradable. Pero ¿cómo decía Willy Brandt?

“Es posible que el poder corrompa el carácter, pero la impotencia en ningún caso menos.”

En este sentido no deberíamos dormirnos en la supuesta impotencia.

Muchas gracias por su atención

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